Dos años tras la dana: Psicología, acompañamiento y recuperación (2ª Fase)
- 29/10/2026
- La Junta informa
- Dana
- Entrevista
Rosa Molero, doctora en Psicología especializada en trauma: 'El objetivo de la recuperación no es olvidar lo sucedido sino poder recordarlo sin volver a sentir que estamos en peligro'

El trauma no tiene una fecha de caducidad. El paso del tiempo, por sí solo, no garantiza que una experiencia traumática haya podido elaborarse e integrarse.
Cuando vivimos una situación de amenaza extrema, como ocurrió durante la DANA, nuestro cerebro y nuestro organismo ponen en marcha mecanismos de supervivencia. En algunas personas, la experiencia puede quedar asociada a una sensación de peligro que se reactiva ante determinados estímulos, como una lluvia intensa, una tormenta o un mensaje de alerta.
Aquí es importante distinguir entre recordar y revivir. Recordar significa poder evocar lo sucedido, incluso con tristeza, miedo o dolor, pero reconociendo que pertenece al pasado. Revivir, en cambio, implica que la experiencia se reactiva de tal manera que la persona puede sentir, por momentos, como si estuviera ocurriendo nuevamente. Pueden reaparecer sensaciones corporales, emociones intensas y una percepción de amenaza semejante a la experimentada entonces.
Recordar es saber que aquello ocurrió, revivir es sentir, por momentos, como si estuviera ocurriendo otra vez.
Una cosa es saber racionalmente que el peligro ha pasado y otra que nuestro sistema de alarma haya aprendido a sentirse nuevamente seguro.
Ahora bien, debemos distinguir entre las reacciones emocionales comprensibles ante los recuerdos y aquellos síntomas persistentes que generan un sufrimiento importante o interfieren en la vida cotidiana. No todas las personas que sienten miedo cuando llueve presentan un trastorno psicológico, pero tampoco debemos normalizar un sufrimiento que se mantiene en el tiempo y que necesita atención especializada.
También debemos recordar que, para muchas personas, las consecuencias de la DANA no terminaron cuando se retiró el agua. Las pérdidas humanas, materiales y económicas, así como las alteraciones en sus proyectos de vida, pueden seguir presentes.
Es difícil hablar de recuperación emocional cuando todavía no se han recuperado las condiciones de seguridad y estabilidad necesarias para reconstruir la propia vida.
La reacción de aniversario es un fenómeno conocido en psicología del trauma. Consiste en la reaparición o intensificación de emociones, recuerdos y sensaciones físicas relacionadas con una experiencia traumática cuando se aproxima la fecha en la que ocurrió.
No siempre es un proceso consciente. En ocasiones, la persona puede sentirse más inquieta, dormir peor, experimentar tristeza, irritabilidad o una sensación de amenaza sin identificar inmediatamente por qué le sucede.
En el caso de la DANA, las lluvias propias de esta época del año, las alertas meteorológicas, las imágenes que reaparecen en los medios de comunicación y la proximidad del 29 de octubre pueden actuar como recordatorios de lo vivido.
Que una persona vuelva a sentir miedo o tristeza en estas fechas no significa necesariamente que haya retrocedido en su recuperación. Puede ser una respuesta de su memoria emocional ante lo vivido.
Estas reacciones pueden aparecer incluso en personas que durante meses se habían encontrado bien. También pueden manifestarse de formas diferentes: algunas necesitan recordar y hablar, otras experimentan un mayor malestar físico o emocional y otras prefieren evitar temporalmente determinados recuerdos.
Lo importante es comprender que la recuperación no es un proceso lineal y que no todas las personas siguen los mismos tiempos.
El objetivo de la recuperación no es olvidar lo sucedido, sino poder recordarlo sin volver a sentir que estamos en peligro.
Lo primero es comprender que cada persona ha vivido la DANA de una manera diferente y que, por tanto, sus necesidades también pueden ser distintas: mientras que algunas personas necesitan hablar de lo sucedido, otras prefieren no hacerlo en determinados momentos. Debemos respetar ambas respuestas, sin forzar el relato, pero tampoco imponiendo el silencio.
Acompañar significa escuchar sin juzgar, reconocer el sufrimiento y ofrecer una presencia cercana y disponible. Frases como “ya han pasado dos años”, “tienes que pasar página” o “no pasa nada” pueden transmitir, aunque no sea nuestra intención, que el sufrimiento de esa persona no está siendo comprendido. Es preferible decir: “Entiendo que esto todavía te remueva”, “si necesitas hablar, estoy aquí” o, sencillamente, “¿qué necesitas ahora?”. por tanto, no se trata de obligar a recordar, pero tampoco de imponer el silencio. Se trata de que la persona pueda sentirse escuchada, comprendida y acompañada.
También es importante favorecer la recuperación de las rutinas, las relaciones personales y aquellas actividades que ayudan a recuperar una sensación de seguridad y control sobre la propia vida.
Y no debemos olvidar a los niños, niñas y adolescentes. En ocasiones, su malestar no se expresa mediante palabras, sino a través de cambios en el comportamiento, dificultades para dormir, irritabilidad, miedo a separarse de sus figuras de referencia o una mayor necesidad de proximidad y seguridad. Acompañar también significa saber reconocer estas manifestaciones y responder desde la comprensión, la paciencia y la seguridad afectiva.
Mi principal recomendación sería que las personas que continúan experimentando un malestar significativo no se resignen a convivir con él, ni piensen que, porque hayan pasado dos años, ya deberían haberlo superado. Existen intervenciones psicológicas especializadas en trauma, con respaldo científico, que pueden ayudar a procesar estas experiencias y reducir el sufrimiento. Pedir ayuda no significa debilidad, sino reconocer que algunas experiencias pueden desbordar nuestros recursos habituales de afrontamiento.
Y me gustaría aprovechar este segundo aniversario para reconocer el extraordinario compromiso de las profesionales y los profesionales de la Psicología que participaron en la respuesta a la DANA. Desde los primeros momentos de la emergencia, muchas compañeras y compañeros pusieron sus conocimientos, su experiencia y su compromiso humano al servicio de las personas afectadas. Un trabajo que no se limitó a la atención inicial, sino que tuvo continuidad durante los meses posteriores mediante intervenciones psicológicas especializadas.
Quiero destacar también el papel del Colegio Oficial de Psicología de la Comunitat Valenciana, que comprendió desde el principio la importancia de organizar y coordinar una respuesta profesional, articulando recursos y favoreciendo una intervención continuada.
Quienes participamos en aquel dispositivo sabemos que detrás de cada intervención había una persona, una familia, una historia y, en muchas ocasiones, unas pérdidas difíciles de expresar con palabras.
La intervención psicológica después de una catástrofe no consiste únicamente en aliviar los síntomas. Consiste también en ayudar a las personas a recuperar la seguridad, la confianza y la capacidad de continuar construyendo su vida.
Pero la recuperación no puede recaer exclusivamente sobre quienes sufrieron la catástrofe ni sobre las personas profesionales que les acompañan. También es una responsabilidad colectiva, que exige mantener los apoyos, recuperar las condiciones de vida y garantizar el acceso a una atención psicológica especializada cuando sea necesaria.
Dos años después, el mejor homenaje a las personas afectadas no es pedirles que olviden lo sucedido, sino seguir acompañándolas en su recuperación.
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