Paula Muiños, vocal del COPCV: 'La menopausia es un excelente ejemplo de por qué necesitamos trabajar desde un modelo biopsicosocial'

Con motivo del Día Mundial de la Menopausia (18 de octubre) entrevistamos a la compañera para que nos explique los posibles cambios físicos y emocionales que se pueden dar y cómo se deberían de abordar desde la Psicología.

 

El 18 de octubrees Día Mundial de la Menopausia, una transición biológica natural, y no una enfermedad de la mujer. Así lo recuerda la Organización Mundial de la Salud detallando que la transición menopáusica puede afectar al bienestar físico, emocional, mental y social, pero también insiste en algo fundamental: existe una enorme variabilidad individual. Algunas mujeres apenas experimentan síntomas mientras que, para otras, estos llegan a interferir significativamente en su vida cotidiana.  Antes estos posibles cambios físicos y emocionales hay mujeres que pueden necesitar un acompañamiento profesional y la Psicología sin duda, sería una de las disciplinas que tiene que estar presente por ello, hemos entrevistado a la vocal del COPCV, Paula Muiños. 

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Paula Muiños Taboada
Vocal de la Junta de Gobierno del COPCV, psicóloga general sanitaria, con especialización en Psicología Perinatal y duelo gestacional y perinatal. Desarrolla su actividad profesional acompañando a mujeres, parejas y familias durante procesos vinculados a la maternidad, la fertilidad y las pérdidas perinatales. Además, coordina la Mesa Permanente del Área de Psicología Clínica y Salud del COPCV.
 
 
 ENTREVISTA
¿De qué síntomas emocionales y cognitivos podemos estar hablando?

Durante la perimenopausia pueden aparecer cambios emocionales como mayor irritabilidad, labilidad emocional, tristeza, apatía, ansiedad, sensación de desbordamiento o una menor tolerancia al estrés. También pueden producirse alteraciones del sueño que, a su vez, repercuten sobre el estado de ánimo y la capacidad para gestionar las demandas diarias.

En el ámbito cognitivo, muchas mujeres describen lo que coloquialmente conocemos como “niebla mental”: dificultad para concentrarse, sensación de menor agilidad mental, olvidos, problemas para encontrar determinadas palabras o mayor esfuerzo para mantener la atención y organizar varias tareas simultáneamente.

Estos síntomas no son únicamente una percepción subjetiva. La investigación encuentra que durante la perimenopausia pueden producirse cambios discretos en determinados procesos cognitivos, especialmente en aprendizaje y memoria verbal, velocidad de procesamiento, atención y memoria de trabajo. No obstante, en la gran mayoría de las mujeres el rendimiento permanece dentro de la normalidad y no estamos hablando, por tanto, de un deterioro cognitivo patológico.

Además, no podemos entender estos cambios exclusivamente desde las hormonas. El sueño, los sofocos, el estrés, los síntomas emocionales y las circunstancias vitales influyen también sobre el funcionamiento cognitivo.

¿Cuándo dejamos de hablar de síntomas emocionales asociados a una etapa vital y empezamos a hablar de un problema psicológico?

No existe una frontera determinada por la menopausia en sí misma. En Psicología valoramos fundamentalmente la intensidad, la duración, el sufrimiento que provocan los síntomas y, sobre todo, cuánto interfieren en la vida cotidiana de la persona.

Sentirse más irritable durante unos días, experimentar mayor sensibilidad emocional o notar cierta dificultad de concentración no implica presentar un trastorno psicológico. La situación cambia cuando esa tristeza, ansiedad, apatía, irritabilidad o dificultad cognitiva se mantiene, es intensa, provoca un deterioro significativo del funcionamiento laboral, familiar, social o personal o cumple criterios para un trastorno concreto.

Es importante evitar dos errores opuestos: pensar que cualquier malestar durante esta etapa “son las hormonas” y, en consecuencia, no atenderlo adecuadamente; o interpretar cualquier cambio emocional como una enfermedad mental.

La evidencia indica que la transición menopáusica puede constituir un periodo de mayor vulnerabilidad para algunas mujeres, especialmente en presencia de determinados factores como antecedentes de depresión, síntomas vasomotores importantes, alteraciones del sueño o situaciones vitales estresantes. Pero menopausia y depresión no son sinónimos.

Desde una perspectiva clínica, necesitamos escuchar qué le ocurre a esa mujer concreta, cuál era su funcionamiento previo, qué ha cambiado y qué otros factores biológicos, psicológicos y sociales están interviniendo.

¿Cómo sabemos si la niebla mental, la apatía o las dificultades para pensar se deben a la menopausia o a un problema psicológico? ¿Son imprescindibles las analíticas?

No existe una prueba aislada que permita responder a esa pregunta porque la relación es compleja. Además, los factores no tienen por qué ser excluyentes: una mujer puede estar atravesando cambios propios de la transición menopáusica y, al mismo tiempo, presentar estrés mantenido, un problema de ansiedad, depresión o dificultades importantes de sueño.

Por eso resulta esencial realizar una evaluación global y un buen diagnóstico diferencial.

La “niebla mental” vinculada a la menopausia suele describirse como fluctuante y asociada a otros cambios propios de esta etapa, como problemas de sueño, síntomas vasomotores o variaciones en el estado de ánimo. Por el contrario, una alteración cognitiva progresiva, objetivable y que produzca pérdida creciente de autonomía o dificultades importantes para realizar actividades habituales requiere una valoración específica.

Y no, no es necesario hacer una analítica hormonal a todas las mujeres. Las guías NICE establecen que, en mujeres sanas de 45 años o más que presentan síntomas compatibles, la perimenopausia y la menopausia pueden identificarse clínicamente sin pruebas de laboratorio. De hecho, desaconsejan utilizar de forma rutinaria estradiol, hormona antimülleriana u otras determinaciones para diagnosticar la menopausia en este grupo de edad. La FSH se reserva fundamentalmente para situaciones concretas, como mujeres entre 40 y 45 años con síntomas compatibles o menores de 40 cuando se sospecha insuficiencia ovárica prematura.

Otra cuestión diferente es que, ante síntomas como cansancio intenso, apatía o dificultades cognitivas, el profesional sanitario valore realizar determinadas pruebas para descartar otras posibles causas médicas. Es decir, una analítica puede formar parte del diagnóstico diferencial, pero no porque exista una “analítica que confirme” que la niebla mental es menopáusica.

¿Cómo se trabaja desde la Psicología?

El primer elemento es la psicoeducación. Comprender qué puede estar ocurriendo disminuye incertidumbre y evita interpretaciones catastrofistas como “ya no soy la misma”, “estoy perdiendo facultades” o incluso el miedo a estar desarrollando una demencia.

A partir de ahí, la intervención debe individualizarse. Podemos trabajar regulación emocional, manejo del estrés, higiene y tratamiento psicológico del sueño, estrategias cognitivas, adaptación a cambios corporales, autoestima, sexualidad, relaciones de pareja, sobrecarga de cuidados o dificultades laborales, dependiendo de cuáles sean las necesidades de cada mujer.

La terapia cognitivo-conductual dispone actualmente de evidencia específica para determinados síntomas asociados a la menopausia. La actualización de la guía NICE contempla la TCC específica para menopausia como opción para síntomas vasomotores, problemas de sueño y síntomas depresivos que no alcanzan criterios de un trastorno depresivo.

Además, un metaanálisis de 30 ensayos con más de 3.500 mujeres encontró beneficios de las intervenciones psicológicas sobre ansiedad, depresión, cognición y calidad de vida, con resultados favorables tanto para intervenciones cognitivo-conductuales como para intervenciones basadas en mindfulness.

Pero quizá el mensaje más importante es que no debería plantearse como una competición entre abordaje médico y abordaje psicológico. La menopausia es un excelente ejemplo de por qué necesitamos trabajar desde un modelo biopsicosocial. Según las necesidades de la mujer pueden intervenir profesionales de Medicina de Familia, Ginecología, Psicología, Psiquiatría, Fisioterapia, Enfermería u otras especialidades.

Por ello resulta especialmente relevante la incorporación efectiva de profesionales de la Psicología en Atención Primaria. Muchos de estos síntomas aparecen inicialmente en ese nivel asistencial y disponer de psicólogos y psicólogas permitiría realizar prevención, detección precoz, diagnóstico diferencial e intervención psicológica cuando sea necesaria, además de favorecer una verdadera coordinación multidisciplinar.

Este año el Día Mundial de la Menopausia pone el foco en el dolor crónico. ¿Qué relación tiene con la Psicología?

Es una cuestión especialmente interesante porque permite explicar muy bien el modelo biopsicosocial.

La campaña de la International Menopause Society para 2026 está dedicada al dolor crónico en la mediana edad. Su White Paper señala que el dolor crónico está infrarreconocido en las mujeres y que su experiencia resulta de la interacción de múltiples factores: cambios hormonales, envejecimiento, mecanismos neuroinmunológicos y musculoesqueléticos, sueño, salud mental y circunstancias psicosociales.

Que el estado psicológico influya sobre la experiencia del dolor no significa que el dolor sea imaginario ni que sea “emocional”. Precisamente uno de los problemas históricos ha sido atribuir determinados síntomas físicos de las mujeres a causas emocionales sin investigarlos adecuadamente.

Sabemos, sin embargo, que dolor, sueño, estrés y estado de ánimo mantienen relaciones bidireccionales: sufrir dolor persistente puede aumentar el malestar psicológico y alterar el sueño, mientras que dormir mal, presentar ansiedad, depresión o elevados niveles de estrés puede aumentar la percepción y el impacto funcional del dolor. La evidencia reciente insiste por ello en la necesidad de tratamientos individualizados y multidisciplinares.

¿Hemos avanzado lo suficiente en visibilizar la menopausia?

Se ha avanzado enormemente, pero todavía queda camino por recorrer.

Durante muchos años la menopausia estuvo rodeada de silencio, vergüenza y desconocimiento. La propia OMS reconoce que muchas mujeres siguen sin identificar algunos síntomas como relacionados con esta etapa y que la formación de los profesionales sanitarios y el acceso a información y atención específica continúan siendo insuficientes en muchos lugares.

Es importante que haya información fiable dirigida a las mujeres, pero también al conjunto de la sociedad. Parejas, familias y entornos laborales necesitan comprender qué puede suceder durante esta etapa.

Esto es particularmente importante porque la menopausia suele coincidir con una época vital compleja: responsabilidades laborales, cuidado de hijos o adolescentes, atención a progenitores envejecidos, cambios familiares, pérdidas o revisión del propio proyecto vital. No podemos atribuir automáticamente todo el malestar que aparece alrededor de los 50 años a un descenso hormonal.

Hablar de menopausia permite que una mujer pueda identificar lo que le ocurre, pedir ayuda cuando la necesita y dejar de vivir determinados síntomas con vergüenza o desconcierto.

Pero ¿podemos pasar de invisibilizarla a patologizarla?

Sí, y este es probablemente uno de los retos actuales.

La visibilidad es positiva cuando proporciona conocimiento y recursos. El problema aparece si transmitimos el mensaje de que inevitablemente, al llegar a determinada edad, una mujer va a estar deprimida, ansiosa, cognitivamente deteriorada, sexualmente insatisfecha o incapacitada por sus síntomas. Eso tampoco se corresponde con la evidencia.

Existe una enorme variabilidad: algunas mujeres presentan síntomas intensos y necesitan tratamiento; otras experimentan molestias leves y muchas atraviesan esta etapa sin alteraciones psicológicas significativas.

Normalizar no significa minimizar. Significa poder decir: “esto puede ocurrir y tiene explicación”, al mismo tiempo que somos capaces de detectar cuándo el sufrimiento requiere atención profesional. Y quizá éste sea el equilibrio que debemos buscar: ni convertir la menopausia en una enfermedad ni obligar a las mujeres a soportar síntomas importantes bajo el argumento de que es algo natural.

También puede ser una etapa de crecimiento...

Hablar únicamente de síntomas ofrece una imagen incompleta.

La menopausia forma parte de una etapa de la vida que puede traer dificultades, pero también puede coincidir con mayor conocimiento de una misma, experiencia, seguridad personal y capacidad para establecer prioridades y límites.

Para algunas mujeres supone además dejar atrás menstruaciones, molestias asociadas al ciclo o la preocupación por un embarazo no deseado. Para otras puede representar un momento de revisión: qué quiero mantener, qué quiero cambiar y cómo quiero cuidarme durante las siguientes décadas de mi vida.

No debemos imponer tampoco una visión obligatoriamente positiva. Cada mujer vivirá esta transición de manera diferente. Pero sí podemos contribuir a desmontar una asociación cultural profundamente arraigada entre menopausia, pérdida de juventud y pérdida de valor.

Quizá el mensaje final debería ser precisamente ése: la menopausia no define a una mujer ni marca el comienzo de un declive. Es una transición vital que merece información rigurosa, atención sanitaria cuando sea necesaria y una mirada mucho más amplia sobre el bienestar de las mujeres en la madurez.

 

 

 



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